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Relatos ganadores

Irene Jiménez Hernández
1º Bachillerato A

Un día, a los pies de su cama se presentó un apuesto hombre, de cabellos oscuros y ojos rojos, cuyo nombre nunca fue revelado. Según se dice, este extraño individuo le ofreció la posibilidad de volver a bailar. Cegada por el dolor, aceptó sin pensarlo.

Querida hija:
Sé que te encontrarás sorprendida al leer mi remite en esta carta. No te estremezcas al pensar que realmente soy yo quien te escribe y créeme que no lo haría a no ser que fuera sumamente importante. 
Me hubiera gustado haberte dicho esto mientras seguía con vida, pero lo cierto es que fui cobarde, y no me atreví a hacerlo, no hasta este momento, cuando he visto tu veintitrés cumpleaños tan terriblemente cerca que he tenido que acudir a esta carta para advertirte.
           Lo que voy a contarte ha pasado de generación en generación acompañado de un miedo latente, pero es fundamental que lo conozcas. 
Tu bisabuela Amélie fue  una de las primeras bailarinas de ballet renacentista, cuando el rey de Francia fundó la Académie Royale de Musique en la Ópera de París. Ella estaba dedicada en cuerpo y alma a este arte. Bailaba todos los días, le dedicaba horas y horas, descansando solo lo necesario, llevando su cuerpo al límite una y otra vez, en busca de ese sentimiento de plenitud que solo le proporcionaba el ballet. Tanto así que fue partícipe en la primera representación oficial de ballet con motivo de la visita del embajador de Polonia, el Ballet de Polonais, encontrándose entre las dieciséis bailarinas elegidas cuidadosamente para este importante evento. La pieza fue fantásticamente concebida y, con tantas vueltas, contours y detours, entrelazos y confusiones, encuentros y pausas, en las cuales ni una sola de las damas consiguió salirse ni de su sitio ni de su rango, sencillamente sublime. Por supuesto, tu bisabuela hizo historia, brilló por sí sola; de hecho, se dice que el embajador quedó tan asombrado por su agilidad y destreza que llegó a creer que era la única en el escenario.
Pero su vida estaba a punto de cambiar drásticamente: la fatídica noche del veintitrés de enero, viajaba en su carruaje hacia el teatro donde realizaría su primera actuación en solitario. De repente, los caballos se desbocaron en una loca galopada sin que los esfuerzos del mayoral pudiesen contenerlos. La carroza acabó chocando con fuerza contra la barandilla de la calle y, debido al impacto, Amélie salió despedida. A consecuencia del golpe, resultaron contusos algunos viajeros y ella, con ambas piernas rotas y alguna superficial herida en la cabeza.
Puedes imaginar lo que supuso ese accidente para ella: el fin de sus tiempos como bailarina. Fue terrible: lloraba, gritaba, se revolvía. Llegó a decir que prefería la muerte; estaba devastada.  Y fue este abatimiento el que la llevó a cometer aquella insensatez. 
Un día, a los pies de su cama se presentó un apuesto hombre, de cabellos oscuros y ojos rojos, cuyo nombre nunca fue revelado. Según se dice, este extraño individuo le ofreció la posibilidad de volver a bailar. Cegada por el dolor, aceptó sin pensarlo. Pero el hombre no había terminado con el trato: a cambio sentenció que la siguiente mujer en la línea sucesoria estaría destinada a pagar ese precio y al cumplir veintitrés años, como tenía ella en ese momento, de la noche a la mañana, quedaría paralizada de cadera para abajo sin ninguna razón aparente. Intercambiando así la funcionalidad de las piernas de una por la de la otra. Puede sonar increíble, pero una de las evidencias es ese lunar que tienes en el tobillo derecho, el mismo que le apareció a tu bisabuela. Esta marca constituye una señal indeleble causada al cerrar el pacto, prueba de que este se había producido.
Créeme que me parte el corazón que seas tú quien se vea afectada por este pacto sobrenatural que lleva años acechando a nuestra familia. Pero no temas, hija mía, será indoloro y, aunque no esté ahí contigo, mi espíritu te protegerá.

Me despido desde mi sepulcro. Tu amado padre;
           Alphonse Lempereur.

 

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